Creo que hace justo una semana me despertaba de mi primer siesta en esta bonita ciudad. Sin jet lag, claro, pero con el cansancio de una noche casi sin dormir. Atrás quedaron el busto de Perón en el aeropuerto de Pearson, el desayuno con huevos, bacon, café y papas bien gringo. Bien de otras latitudes. Una semanita observando casi sin hablar los movimientos en otro idioma, los gestos ajenos, los carteles, las expresiones, el ritmo de algo tan alejado de mi tierra espacial y culturalmente. Aun no tengo definido un sentimiento por este lugar, aunque hay cosas que me gustan y otras que me irritan un poco. Qué se yo.
El encuentro con Lanata en el subte a Pinch fue raro. Más raro fue que me preguntara algo que no entendí y que se diera cuenta que no le había entendido. Casi tan raro como verlo sin barba y en ojotas y sin un pucho en la mano. Me dio a pobre tipo. Pasan cosas raras en Toronto. Un símbolo fálico que se ve casi desde cualquier lado, una mezcla de etnias impensada casi para mi cabeza de pueblo.
Ahora escucho Divididos mientras pienso cosas desordenadas: la primera vez que fui con Ale a ver a La Aplanadora. Un bengala. Un remera. Mi viejo que no sé qué sabe de mi. Mi abuela seguro que reza su nieto (o sea yo) como Charly. La tranquilidad de Ariel, la locura de Gaby, los consejos de la vieja del agua (quien, cual oráculo, aconseja ponerle sal a la comida si es que considero que le falta). Y gente. Mucha gente. Mucha gente que cree en mí más de lo que yo mismo creo ¿Qué verán ellos que yo no veo? Los miles miles miles y miles de metros que nadé para llegar acá. El italiano. El sol en la cabeza con 50 grados. Las cientos de frustraciones, los palos en la rueda. Hoy es día de pensar. De poner un poco la mente en orden. Los brazos pesan. Las piernas pierden fuerza. Pero ¿por qué seguimos? Quizá sea la pregunta equivocada. Hoy pensaba un poco esta lengua. Mariposa es Fly. Fly es volar. Volar es lo que mejor me sale. En el agua y en mi cabeza. Andá a saber. Casualidades.
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