El vuelo fue aburrido. La espera en Ezeiza pasó volando entre check-ins, despacho de valijas y salutaciones virtuales.
En el avión había tres filas de asientos divididas en 2-3-2. No, no es la formación de un equipo. Es: Dos asientos del lado izquierdo- pasillo, tres asientos en el medio-pasillo, dos asientos en la derecha. A mí me tocó en el medio del medio. Es decir, en el lugar más incómodo para salir, y en el más imposible para mirar por la ventanilla.
Hasta Chile -primera y única escala- todo bien: un señor argentino que se hacía pasar por italiano, una mujer que peleaba por su asiento con un señor chileno que a su vez me explicaba -seriamente- la geografía latinoamericana ante mi obvio chiste-pregunta "¿Pasamos por Ucrania? Estamos complicados". Si, como lo leen. El señor me explicaba que Ucrania estaba lejos de América entonces no había peligro, al menos debido a los separatistas soviéticos o ucranianios.
Llegamos a Chile y, como no podía ser de otra manera, nuestros hermanos tenían bloqueado todo el espectro de wifi... Es más, una red tenía el nombre "$2 y te doy la password". Evidentemente, hay garcas por todo el mundo.
Hacemos de nuevo el abordaje, encaro mi asiento. Llego. Una chica sentada que me mira. La miro. Le hago un gesto de cabeza como diciendo "hola que tal, vamos a ser compañeros de viaje unas 12 horitas, espero que no ronques, que no rompas los huevos con las lucecitas ni con el teléfono celular". Ella me responde con una mirada que no dice nada. Abro el gabinete para guardar mi mochila: lleno. Le pregunto a la chica -todo esto es tuyo?-. Ella me responde que sí, haciéndose la preocupada por algo que no era mi mochila. -Me hacés lugar para mis cosas?- insisto. Ella contesta simplemente -no- y da por finalizada la conversación.
El resto del vuelo es aburrido, tedioso. Prefiero no recordarlo ni escribirlo, porque no hay nada de interesante. O sí. Me parece que si. Pero quizá ya lo haya olvidado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario