martes, 29 de julio de 2014

Una semana y algunos pensamientos

Creo que hace justo una semana me despertaba de mi primer siesta en esta bonita ciudad. Sin jet lag, claro, pero con el cansancio de una noche casi sin dormir. Atrás quedaron el busto de Perón en el aeropuerto de Pearson, el desayuno con huevos, bacon, café y papas bien gringo. Bien de otras latitudes. Una semanita observando casi sin hablar los movimientos en otro idioma, los gestos ajenos, los carteles, las expresiones, el ritmo de algo tan alejado de mi tierra espacial y culturalmente. Aun no tengo definido un sentimiento por este lugar, aunque hay cosas que me gustan y otras que me irritan un poco. Qué se yo. 
El encuentro con Lanata en el subte a Pinch fue raro. Más raro fue que me preguntara algo que no entendí y que se diera cuenta que no le había entendido. Casi tan raro como verlo sin barba y en ojotas y sin un pucho en la mano. Me dio a pobre tipo. Pasan cosas raras en Toronto. Un símbolo fálico que se ve casi desde cualquier lado, una mezcla de etnias impensada casi para mi cabeza de pueblo.
Ahora escucho Divididos mientras pienso cosas desordenadas: la primera vez que fui con Ale a ver a La Aplanadora. Un bengala. Un remera. Mi viejo que no sé qué sabe de mi. Mi abuela seguro que reza su nieto (o sea yo) como Charly. La tranquilidad de Ariel, la locura de Gaby, los consejos de la vieja del agua (quien, cual oráculo, aconseja ponerle sal a la comida si es que considero que le falta). Y gente. Mucha gente. Mucha gente que cree en mí más de lo que yo mismo creo ¿Qué verán ellos que yo no veo? Los miles miles miles y miles de metros que nadé para llegar acá. El italiano. El sol en la cabeza con 50 grados. Las cientos de frustraciones, los palos en la rueda. Hoy es día de pensar. De poner un poco la mente en orden. Los brazos pesan. Las piernas pierden fuerza. Pero ¿por qué seguimos? Quizá sea la pregunta equivocada. Hoy pensaba un poco esta lengua. Mariposa es Fly. Fly es volar. Volar es lo que mejor me sale. En el agua y en mi cabeza. Andá a saber. Casualidades.

viernes, 25 de julio de 2014

Primeros días - Parte II

El avión aterrizó sin más. A diferencia de otras veces, no tardamos horas en desembarcar. Luego, lo de siempre. Migraciones, papeles, pasaporte a qué viene usted a Canadá, y un chiste que no funcionó con el agente vestido de Robocop.
A eso de las  6 estaba esperando mi valija. A que mi valija saliera del bendito agujero y cayera en la cinta y luego pasara a mis manos. 
Más tarde me encontraba cruzando un lindo pasillo vidridado, cuando algo me llamó la atención. En un rincón casi en penumbra había un busto de alguien que me parecía familiar. Al principio seguí caminando pero algo me llamaba, me obligaba a volver así que pegué la vuelta y encaré la figura, delante de la cual quedé paralizado un minuto sin poder creer lo que veía. 
Algunos minutos más tarde, me encontraba con mi amigo quien, entre risas, abrazos y frases de bienvenida, me explicaba como aquel personaje del busto había influenciado en la política Canadiense.
Vino después la tirada hasta la ciudad misma de Toronto, un desayuno light con huevos y bacon, siesta y el primer entrenamiento en la pile olímpica.
Mis primeras impresiones del lugar fueron: un ciudad ordenada, silenciosa, con empleados municipales que arreglan una calle mientras otros tres miran... ¿Suena conocido? Si, también está la cuestión esa que si aparece un bache en una calle la cortan y la arreglan toda, la milonga de llenar formularios para obtener un permiso para sacar fotos en un complejo municipal, la historia de dejar libre el lado izquierdo de la escalera mecánica para los que quieren subir caminando y algunas otros detalles mínimos.

jueves, 24 de julio de 2014

Primeros días Parte I

El vuelo fue aburrido. La espera en Ezeiza pasó volando entre check-ins, despacho de valijas y salutaciones virtuales. 
En el avión había tres filas de asientos divididas en 2-3-2. No, no es la formación de un equipo. Es: Dos asientos del lado izquierdo- pasillo, tres asientos en el medio-pasillo, dos asientos en la derecha. A mí me tocó en el medio del medio. Es decir, en el lugar más incómodo para salir, y en el más imposible para mirar por la ventanilla.
Hasta Chile -primera y única escala- todo bien: un señor argentino que se hacía pasar por italiano, una mujer que peleaba por su asiento con un señor chileno que a su vez me explicaba -seriamente- la geografía latinoamericana ante mi obvio chiste-pregunta "¿Pasamos por Ucrania? Estamos complicados". Si, como lo leen. El señor me explicaba que Ucrania estaba lejos de América entonces no había peligro, al menos debido a los separatistas soviéticos o ucranianios.
Llegamos a Chile y, como no podía ser de otra manera, nuestros hermanos tenían bloqueado todo el espectro de wifi... Es más, una red tenía el nombre "$2 y te doy la password". Evidentemente, hay garcas por todo el mundo.
Hacemos de nuevo el abordaje, encaro mi asiento. Llego. Una chica sentada que me mira. La miro. Le hago un gesto de cabeza como diciendo "hola que tal, vamos a ser compañeros de viaje unas 12 horitas, espero que no ronques, que no rompas los huevos con las lucecitas ni con el teléfono celular". Ella me responde con una mirada que no dice nada. Abro el gabinete para guardar mi mochila: lleno. Le pregunto a la chica -todo esto es tuyo?-. Ella me responde que sí, haciéndose la preocupada por algo que no era mi mochila. -Me hacés lugar para mis cosas?- insisto. Ella contesta simplemente -no- y da por finalizada la conversación. 
El resto del vuelo es aburrido, tedioso. Prefiero no recordarlo ni escribirlo, porque no hay nada de interesante. O sí. Me parece que si. Pero quizá ya lo haya olvidado.